jueves, 25 de octubre de 2012

"Sé lo que estás pensando" - John Verdon (fragmento)

Los roles que han dominado nuestras vidas son aquellos en los que no reparamos. Las necesidades que nos arrastran de un modo más implacable son aquellas de las que somos menos conscientes. Para ser felices y libres hemos de ver los roles que desempeñamos por lo que son, y sacar a la luz del día nuestras necesidades ocultas. El primer escollo en nuestra búsqueda es el de suponer que ya nos conocemos, que conocemos nuestros motivos, que sabemos por qué nos sentimos de este modo frente a las circunstancias y la gente que nos rodea. Para poder progresar, necesitaremos tener una mente más abierta. Para descubrir la verdad en mí mismo, debo dejar de insistir en que ya la conozco. Nunca quitaré la roca de mi camino si no logro verla tal y como es. ¿Sabéis cuál es esa roca? Esa roca es la imagen que tenemos de nosotros mismos, de quien creemos que somos. La persona que creo que soy mantiene encerrada a la persona que soy en realidad, sin luz ni comida ni amigos. La persona que creo que soy ha estado tratando de asesinar a la persona que soy en realidad desde el nacimiento de ambas. La persona que creo que soy está aterrorizada de la persona que soy en realidad, aterrorizada de lo que los demás puedan pensar de esa persona. ¿Qué me harían si supieran qué clase de persona soy realmente? ¡Es mejor estar a salvo! ¡Es mejor esconder la persona real, matar de hambre a la persona real, enterrar a la persona real! ¿Cuándo empieza todo? ¿Cuándo nos convertimos en ese conjunto de gemelos disfuncionales: la persona inventada en nuestra cabeza y la persona real encerrada y agonizante? Creo que empieza muy pronto. Sé que en mi propio caso los gemelos estaban bien establecidos, cada uno en su propio lugar inquieto, cuando tenía nueve años. Os contaré una historia. Un día, cuando me iba a la escuela, mi madre me dio un billete de veinte euros para que hiciera unas compras al volver a casa por la tarde. Cuando salí de la escuela me detuve en un pequeño puesto que había junto al patio de la escuela y me compré una Coca-Cola. Puse el billete de veinte euros sobre el mostrador para pagar, pero antes de que el hombre del mostrador lo cogiera para darme el cambio, un chico se acercó: "Eh, Mellery, ¿de dónde has sacado los veinte pavos?", dijo. Bueno, resulta que el chico era el más fuerte de cuarto, que era el curso en el que estaba. Yo tenía nueve años y él once. Había repetido dos veces y daba miedo, no era alguien con el que debería salir o hablar siquiera. Cuando me preguntó de dónde había sacado el dinero, iba a decirle que me lo había dado mi madre, pero temía que se burlara de mí, que me llamara niño de mamá, y quise decir algo que lo impresionara, así que dije que lo había robado. Me miró con interés, lo cual me hizo sentir bien, y me preguntó a quién se lo había robado. Le dije que se lo había robado a mi madre. Él asintió, sonrió y se alejó. Al día siguiente, me había olvidado. Pero al cabo de una semana, se me acercó en el patio y me dijo: "Eh, Mellery, ¿has robado más dinero a tu madre?". Le dije que no. Y él me contestó: "¿Por qué no le robas otros veinte pavos? Róbale veinte euros y dámelos, o le contaré a tu madre que le robaste veinte euros." Sentí que se me helaba la sangre. Sentí pánico. Imaginaba que acudía a mi madre y le contaba que le había robado veinte euros. Lo absurdo de aquello (lo improbable que era que ese pequeño gánster se acercara a mi madre) nunca se me ocurrió. Mi mente estaba demasiado sobrecargada de miedo, miedo a que se lo contara y miedo a que mi madre lo creyera. No tenía ninguna confianza en la verdad. Así pues, en ese estado de pánico irreflexivo, tomé la peor decisión posible. Robé veinte dólares del bolso de mi madre esa noche y se los di a él al día siguiente. Por supuesto, la semana siguiente me volvió a pedir lo mismo. Y también la siguiente. Y así sucesivamente hasta que por fin mi padre me pilló in fraganti mientras cerraba el cajón de arriba de la cómoda de mi madre con un billete de veinte euros en la mano. Confesé. Les conté a mis padres toda la historia horrible y vergonzosa. Mis padres me dejaron sin paga semanal durante un año para que les devolviera el dinero que había robado. A partir de ese momento cambió la forma en que me veían. El chantajista inventó una versión de los hechos para contársela a todo el mundo en la escuela. Tal historia lo dejaba a él como a una especia de Robin Hood, y a mí, como una rata chivata. ¡Qué capullo manipulador! Eso era exactamente lo que pensé. Cuando me acordaba de ese lío, mi siguiente idea era siempre: "¡Qué capullo!". Era todo lo que podía pensar. Y eso era exactamente lo que era, exactamente lo que era. Pero yo nunca pasé de lo que él era para preguntarme lo que era yo. Era tan obvio lo que era él que nunca me pregunté lo que era yo. ¿Quién diantre era aquel niño de nueve años y por qué hizo lo que hizo? No basta con decir que estaba asustado. ¿Asustado de qué, exactamente? ¿Y quién se creía que era? Cuando pensaba en ese chico (en mí a la edad de nueve años), pensaba en él como una víctima, una víctima de chantaje, una víctima de su propio deseo inocente de amor, admiración, aceptación. Lo único que quería era caerle bien al chico grande. Era una víctima del mundo cruel. Pobre niño, pobre ovejita en las fauces de un tigre. Pero ese niño era también algo más. Era un mentiroso y un ladrón. Mintió cuando le preguntaron de dónde había sacado los veinte euros. Aseguró que era un ladrón para impresionar a alguien al que suponía un ladrón. Luego, enfrentado a la amenaza de que lo acusaran de ladrón ante su madre, se convirtió en un ladrón real antes de que ella pensara que lo era. Lo que más le preocupaba era controlar lo que la gente pensaba de él. En comparación con lo que pensaban los demás, no le importaba mucho si era un mentiroso o un ladrón, ni qué efecto tendría su conducta en la gente a la que mentía o robaba. Dejad que lo exprese de este modo. No le importaba la suficiente para impedir que mintiera o robara. Sólo le importaba lo suficiente para corroerle como ácido su autoestima cuando mentía y robaba. Únicamente le importaba lo suficiente para hacer que se odiara a sí mismo y deseara estar muerto. ¿Cómo me metí en esa situación? ¿Cómo me metí en esa relación? ¿Cuáles eran mis motivos? ¿Qué le habrían parecido mis acciones en la situación a un observador imparcial? No debemos concentrarnos en las cosas terribles que hizo la otra persona. La verdadera pregunta, la única pregunta que importa es: "¿Dónde estaba yo en todo esto? ¿Cómo abría la puerta que daba a la habitación?". Cuando tenía nueve años abrí la puerta a mentir para ganar admiración. Les ocurren cosas malas a buenas personas. Pero esas buenas personas no se pasan el resto de sus vidas sintiendo rabia y reproduciendo una y otra vez su resentida cinta de vídeo del suceso. Las confrontaciones personales que más nos inquietan, aquellas de las que no podemos desprendernos, son en las que desempeñamos un papel que no estamos dispuestos a reconocer. Por eso el dolor dura, porque nos negamos a mirar su fuente. No podemos separarnos, porque nos negamos a mirar al punto de vinculación. El peor dolor en nuestras vidas procede de los errores que nos negamos a reconocer: cosas que hemos hecho que están tan en desarmonía con quienes somos que no podemos contemplarlas. Nos convertimos en dos personas en una sola piel, dos personas que no se soportan. El mentiroso y la persona que desprecia a los mentirosos. El ladrón y la persona que desprecia a los ladrones. No hay dolor como el dolor de esa batalla, que arde bajo el nivel de conciencia. Salimos corriendo para huir, pero corre con nosotros. Allá donde vayamos, la batalla nos acompaña. No hay dolor peor que tener a dos personas viviendo en un cuerpo.

jueves, 11 de octubre de 2012

Escuela de música

Primer día de escuela de música... No me he enterado de casi nada de lo que ha explicado el profesor. Espero que eso con el tiempo cambie. Tendré que buscar en internet cosas por mi cuenta, porque de teoría voy MUY mal, y aunque la gente diga que no, de práctica, también. Que sí, que hago canciones, covers, todo lo que se os ocurra, pero a la hora de improvisar, de pasearme por las escalas... no puedo, no sé hacerlo. Siempre dejándolo para otro día, y ahora me pilla el toro. Me he dado cuenta de que no sé absolutamente nada de guitarras, sólo sé aporrearla por ahora. Con un día de clase, ya he visto un mundo nuevo, enorme, más de lo que ya imaginaba. Me asusta, pero quiero aprenderme cada condenada cosa que haya... Para eso estoy ahí. Uno de mis compañeros va bastante peor que yo en cuanto a práctica, pero sabe mucha teoría, así que tampoco destaco en ser por así decirlo "la tonta'l pueblo". Entre los días de instituto y los de escuela de música, no voy a tener tiempo para nada, y es una pena, pero me hace falta hacer esto. Esto no quiere decir que no voy a salir a la calle para quedarme en casa tocando la guitarrita o estudiando. Quiero decir que entre semana me conectaré muchísimo menos y sabréis también menos de mí, pero la mayoría de los findes estaré disponible, supongo. Nos mandan deberes en la escuela de música, así que eso complica las cosas. Los deberes van de inventarse ritmos nuevos para hacer una canción que ya existe, darle otro estilo, hacer decoraciones a través de las escalas (las cuales me tengo que aprender YA...). Otra cosa que también ha mandado es, con esa canción, improvisar con un número de notas determinado. Entretenido es, no os digo que no. Tengo que aprenderme también todas las notas del mástil... Por mucho que toque la guitarra, lo más simple me lo salté, y eso me está jugando una mala pasada, la verdad. Así que mejor no atrasarlo más. Dije que este iba a ser un buen año... Por fin empieza lo que yo ansiaba. Pero para eso hay que renunciar a algunas cosas...