viernes, 27 de septiembre de 2013

La jaula

¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Diez años? ¿Quince? Perdí la cuenta de los días. No recuerdo cómo entré en este lugar tan lúgubre y silencioso. Lo único que puedo llegar a oír son mis latidos, uno tras otro, al compás. Oír ese único sonido durante todo este tiempo me está haciendo perder la cabeza poco a poco. A mano izquierda se encuentran unas rejas oxidadas. Para una persona con fuerza y voluntad serían muy fáciles de doblar, pero yo no poseo estas características, me he ido pudriendo junto con esas rejas. Me acerco hasta allí, me abrazo a ellas. Mis brazos pasan fácilmente entre los barrotes, y con la punta de los dedos puedo palpar la ropa de algunas personas que pasan por ahí. Recorren fugazmente el camino que hay alrededor de la jaula, no se detienen. Ni siquiera parecen mirar hacia donde estoy yo. Grito, golpeo la jaula como todos los días, pero nadie parece oírlo. Quizás no me vean, o quizás no quieran verme. Soy un juguete roto que ya no tiene ningún valor; no vale la pena arreglarlo.
Suspiro y vuelvo a mi rincón, en el que llevo todos estos años agazapada, reflexionando. El eco que dejé sonando tras golpear la jaula, se desvanece. Ahora sólo queda mi corazón, que late con fuerza, y yo. Como todos los días. Como todos los años.

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